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21012018

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PEDRO PAULET: EL PRECURSOR DE LA ERA ESPACIAL

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Con frecuencia, se oye decir que los estudios del peruano Pedro Paulet (Arequipa, 1874- Buenos Aires, 1945) fueron aplicados en la construcción del Apolo XI, que puso al hombre en la Luna en 1969. Pero cuando uno busca en los libros una explicación más detallada, no se halla. Eso fue lo que le pasó al autor de esta investigación, quien se sumergió en una pesquisa que lo llevaría a descubrir una asombrosa historia y aquí nos ofrece un resumen. Pedro Paulet fue un niño huérfano de padre. Halló el cariño paterno en el sacerdote francés Hippolyte Duhamel, quien fundó un colegio del que saldrían por tres décadas destacados gobernantes, científicos y estadistas peruanos. Uno de ellos, Víctor Andrés Belaúnde, dos veces Presidente de la Asamblea General de la ONU, quien en sus memorias agradecía a Duhamel la educación en “sentimiento religioso, disciplina de trabajo, rigor lógico, precisión matemática, afición a la literatura latina y francesa, acendrado cultivo de la española, ritmo litúrgico y sentimiento del paisaje.”

Desde niño, asombraba a todos por su sabiduría e inteligencia. A la vez que los desconcertaba cuando lanzaba ratones en cohetes caseros para estudiar la Tercera Ley de Newton sobre acción y reacción. Desde pequeño, quizá inspirado por los libros de Julio Verne, el niño Paulet ya soñaba con llegar a la Luna e imaginaba una nave que pudiera salir de la atmósfera terrestre. Por su condición humilde, casi no fue a la universidad. Por suerte, el Rector de la Universidad San Agustín, Luciano Bedoya, lo conocía y pidió al jurado que le tomase el examen. Para alegría de todos, Paulet lo superó con facilidad.

Después, el gobierno de Remigio Morales Bermúdez le dio una beca para estudiar Ingeniería y Arquitectura en La Sorbona, en Francia. A fines del siglo XIX, en la tierra de Verne y mientras éste estaba vivo, Paulet inventó el motor a reacción de combustible líquido. En Bélgica, a inicios del XX, acabó el diseño de una nave espacial, el Avión Torpedo. En 1903, los Hermanos Wright volaron un aeroplano. Paulet regresó al Perú con la seguridad de que su nave era mejor. Pero no era el único que tenía un proyecto de avión. El inventor Carlos Tenaud, luego de estudiar el vuelo de las aves, había diseñado un aeroplano y lo ofreció al Perú para su construcción.

Paulet creía que la ciencia estrechaba sus miras cuando imitaba los procesos de la naturaleza. Proponía que en vez de estudiar el vuelo de las aves, había que estudiar la desgravitación, o sea la astronáutica. Paulet y Tenaud polemizaron en torno a cuál era el tipo de nave aérea que le convenía a las fuerzas militares peruanas. Eran los tiempos iniciales de la aeronavegación. De otro lado, el Perú pasaba por una crisis económica. Había que invertir juiciosamente. El aeroplano de hélice de Tenaud no pudo alzar vuelo pero, en 1910, el gobierno de Leguía tomó partido por las ideas de éste. Paulet volvió a Europa en busca de un ambiente más propicio para su invento.

Pasaron muchos años. En 1923, el rumano-alemán Hermann Oberth publicó el libro Los Cohetes hacia el Espacio Interplanetario, en el que probaba que los viajes al espacio serían posibles a condición de desarrollar motores de combustible líquido, los únicos capaces de impulsar una nave hasta salir de la atmósfera terrestre. Era exactamente lo que Paulet había propuesto antes. Pero él guardó silencio hasta 1927. Ese año, el diario peruano “El Comercio” dio a conocer dos noticias. Una, que el norteamericano Charles Lindbergh logró la hazaña de volar entre New York y París en treinta y tres horas y media. Y dos, que el austriaco Valier, en su artículo De Berlín a New York en una hora, proponía un avión impulsado por cohetes para batir ese récord.

Paulet siempre quiso desarrollar su nave en el Perú. Al ver que un periódico peruano daba cabida al estudio de un avión-cohete, hizo publicar en el mismo diario una carta en la que decía que él había diseñado un avión-cohete superior al de Valier tres décadas atrás. Explicaba que su diseño era superior al de Valier porque tenía un ala delta pivotante con varios motores-cohete en la base. Con la punta hacia arriba, despegaría verticalmente. Al girar el ala, se desplazaría en forma horizontal. De nuevo en posición vertical, el descenso sería cómodo. La de Valier, que no tenía algo así, obligaría a sus ocupantes a dar volatines al volver a Tierra. Paulet creía también que la forma ovoide era la más apropiada para una nave espacial. “Disponiendo así de baterías inferiores y ecuatoriales de cohetes, cuya inclinación podría además variarse, sería fácil dirigir vertical, horizontal y oblicuamente ese móvil, contrarrestar cualquier capricho contrario al fluido ambiental, defenderse en el espacio y descender a plomo”.

Aunque lo más suculento de la carta eran los detalles que Paulet ofrecía sobre su motor a reacción de combustible líquido. Acerca de la potencia que obtuvo treinta años atrás decía: “Un solo cohete de 9 kilos y medio de peso y con unas 300 explosiones por minuto no sólo pudo mantenerse en constante empuje contra el dinamómetro, que llegó a marcar hasta 90 kilos de presión, sino que funcionó, sin deformarse notablemente, cerca de una hora. En tales condiciones no era, pues, aventurado prever que disponiendo de dos baterías con mil cohetes cada una, para accionar una mientras la otra descansaba, habría sido posible levantar varias toneladas”.

 

 

El motor que los alemanes estaban buscando construir, ya estaba inventado. Paulet esperaba una respuesta del Estado Peruano, pero ésta no llegaba. Por el contrario, los alemanes, tomarían nota de sus inventos. Con escepticismo al principio, con entusiasmo después.

OPEL RAK

Max Valier era un divulgador científico y escritor de ciencia ficción que había abandonado sus estudios de Física a causa de la Primer Guerra Mundial y que, cuando leyó el libro de Oberth, se entusiasmó tanto que decidió escribir otro libro para poner las ideas de aquel al alcance del hombre común. El Avance en el Espacio, el libro escrito por Valier, apareció en 1925. Tuvo tal éxito que en los años siguientes mereció hasta seis reediciones en las que el texto iba sufriendo variaciones muy ligeras.

La última, de 1930, el año de su muerte, sería una radical actualización. Le añadió el título de Raketenfahrt (algo así como El Viaje en Cohete). Aunque el cambio más saltante fue la inclusión de un elogio al motor a reacción de combustible líquido inventado por el ingeniero y diplomático peruano Pedro Paulet. Sólo que otorgar ese reconocimiento no fue fácil para el austriaco. Veamos cómo fue la cronología de los hechos antes de llegar a este evento.

Valier no sólo escribió este libro y diversos artículos que se publicaban en varios países e idiomas. Su carácter decidido lo empujó a pasar de la teoría a la práctica. Si Oberth era el más importante teórico, Valier era el hombre de acción. Así, viajó por Alemania dando exitosas conferencias a fin de despertar el interés por los viajes al espacio y de hallar financistas para experimentar y construir una nave espacial. Para llegar a ello, había trazado un plan que constaba de cuatro etapas:

• Examinar todos los tipos de cohetes existentes hasta el momento, incluidos los de combustible sólido.
• Aplicar la propulsión de esos cohetes al transporte de personas en vehículos existentes (bicicletas, automóviles, trineos y barcos).
• Construir aeroplanos especialmente desarrollados y aplicar en ellos combustibles líquidos.
• Construir un avión cohete que pudiese atravesar el límite de la atmósfera terrestre.

Es curioso que, aun cuando ya estaban convencidos de las bondades de los cohetes de combustible líquido, él, Oberth y otros apasionados de los viajes espaciales siguieran jugando en 1926 a rectificar el Columbiad, el cañón que Verne había imaginado en De la Tierra a la Luna y que hizo posible, en la ficción, alcanzar suelo selenita.

En 1927, Valier lideró la creación de la Verein für Raumschiffahrt (VfR) o Sociedad para los Vuelos Espaciales, a la que se integraron Oberth y otros científicos, no sólo alemanes y austriacos, sino de varias partes de Europa. Declinó presidirla por el tiempo que le demandaban sus viajes. Asumió la presidencia Johannes Winkler.

Ese año Lindbergh hizo su vuelo pionero, Valier lanzó el desafío de superar su hazaña y Paulet reveló al mundo el avión que había inventando treinta años antes.

No obstante la aparición de la carta de Paulet, que dio la vuelta al mundo en varios idiomas, Valier siguió adelante con su plan de explorar la retropropulsión en vehículos diversos, aunque utilizando todavía combustibles sólidos.

Gracias a su poder de convencimiento, a fines de 1927, halló un financista para sus experimentos: el empresario automovilístico Fritz Von Opel. Juntos empezaron a probar con automóviles impulsados por cohetes de pólvora negra. Aunque lograron apenas una combustión de segundos, para ellos fue un éxito e iniciaron una serie de demostraciones públicas, que servirían de publicidad a la fábrica Opel y para promocionar las actividades de la VfR.

La segunda de esas pruebas, llamada Opel Rak II, se realizó el 23 de mayo de 1928 ante el asombro y los aplausos de 2,000 almas reunidas en un autódromo cerca de Berlín. Irónicamente, el mismo día, Oberth defendía sus teorías sobre motores-cohete de combustible líquido ante el stablishment científico alemán, que las cuestionaba. Por ello, para algunos miembros de la VfR, las pruebas que hacía Valier con combustibles de pólvora restaban credibilidad a su agrupación.

El 15 de mayo de ese año, el boletín de la VfR, Die Rakete (El Cohete), había hecho una breve mención de Paulet. Pero lo más interesante es que, el 24 de mayo, un día después del Opel Rak II, el peruano iniciaba su participación en las celebraciones por el Centenario de la Sociedad Geográfica de Berlín. ¿Estuvo un día antes viendo la presentación de Valier en el autódromo? ¿O en el debate que sostenía Oberth con los científicos alemanes? ¿Se produjo el encuentro entre Paulet y los miembros de la VfR? Aunque queda la tarea de verificar el encuentro en archivos alemanes, todo apunta a que sí, como veremos.

Digamos antes que en el evento de la Sociedad Geográfica de Berlín estuvieron el sabio germano-venezolano Alfredo Jahn Hartmann, miembro como Paulet de la Sociedad de Ingenieros del Perú, quien recibió la medalla Nachtigal; y el sabio alemán Augusto Weberbauer, quien recibió el título de Miembro Correspondiente por sus trabajos de Geografía Botánica en el Perú.

¿Compartió Paulet con alguno de ellos su encuentro con los señores de la VfR? No se sabe, pero lo que sí es seguro es que en el informe de su participación en ese evento, él solicitaba fomentar la inmigración de científicos alemanes al Perú. ¿Estaba pensando en los miembros de la VfR?

LA MUJER EN LA LUNA

Aunque los experimentos de Valier eran cuestionados por miembros de la VfR, tuvieron amplia difusión en los medios de comunicación y le dieron tal publicidad a la Sociedad que a Oberth le llegó la oportunidad de poner en práctica sus conocimientos teóricos.

La escritora Thea Von Harbou había publicado ese año la novela Frau im Mond (La Mujer en la Luna). Su esposo, el cineasta Fritz Lang, quería adaptarla al cine y pensó que sería un buen golpe publicitario lanzar el día del estreno un cohete de combustible líquido. Así que, en junio de 1928, contrató a Oberth como asesor científico del filme y, cómo no, para que construyera el cohete.

Oberth asesoró el guión sin dificultad. El problema vino cuando tuvo que construir el cohete. Él no tenía habilidades de mecánico -como lo reconocería luego-, así que la oportunidad era también un desafío. Por feliz coincidencia, unos meses después apareció el libro El Cohete para Transporte y Vuelo, donde el ruso Alexander Borisowitsch Scherschevsky, integrante de la VfR, afirmaba que los inventos de Paulet abrían las puertas de la era espacial y lo consagraban como uno de los cuatro precursores de la misma, junto a Tsiolkovski, Goddard y Oberth.

"El advenimiento de la era espacial se hizo realidad con el desarrollo del motor a propulsión y de la nave espacial diseñada y construida por el peruano Pedro Paulet", escribió Scherschevsky.

Die Rakete hizo una elogiosa reseña del libro, señalando que era una obra muy bien documentada y de fácil acceso para un público amplio. Hay que añadir que el libro tuvo el mérito de descubrir la obra teórica del también ruso Tsiolkovski, desconocida hasta entonces para Europa Occidental. Y que hasta hoy es una obra citada con frecuencia por los historiadores de ese periodo.

Es de presumir que Scherschevsky conocía bien y de primera mano el trabajo de Paulet, pues Oberth lo contrató como uno de sus asistentes y le encargó construir la cámara de combustión del cohete que lanzaría en el estreno de la película. Lamentablemente, el ruso y el otro asistente, Rudolf Nebel, tampoco sabían de mecánica y el cohete nunca estuvo listo. Oberth se despidió discretamente de Lang.

¿Se entrevistó Scherschevsky con Paulet? No se puede precisar aún. Pero si así fue, debió memorizar bien sus planos. Al respecto, en años recientes, se ha descubierto que el ruso, que vivía en Alemania, era espía del régimen soviético. Así, en los archivos del Ejército Rojo, han aparecido los planos del cohete que quiso construir Oberth en esa ocasión y que los servicios secretos rusos obtuvieron gracias a los minuciosos informes de Scherschevsky. Sería legítimo preguntarse entonces si los planos de Paulet están ahí también.

LA CONSAGRACIÓN

Mientras Oberth tenía dificultades para construir ese cohete, en otra parte de Alemania, un adolescente de 16 años rendía un curioso y divertido tributo a Valier. El muchacho había definido su vocación por los vuelos espaciales al leer el complejo libro de Oberth. Pero, luego de seguir con vivo entusiasmo las exitosas presentaciones de Valier y Opel, reunió todos los fuegos artificiales que pudo y los colocó en la parte posterior de su deslizador, imitando los coches de ellos. Logró un impulso tan asombroso que el vehículo se salió de control y alarmó a los vecinos de su localidad. Fue a dar a una comisaría, de donde lo sacó su padre, nada menos que el Ministro de Agricultura. Se ganó el apelativo de El joven delincuente. Se llamaba Wernher Magnus Maximilian Freiherr Von Braun o simplemente Wernher von Braun. Era de origen noble y, en 1929, haría su ingreso oficial a la VfR.

Pero Valier ya no creía más en los cohetes de pólvora. Entre 1928 y 1929, había agotado las etapas de su plan, es decir que probó con cohetes de pólvora en automóviles, deslizadores y aeroplanos. Y en 1930, al actualizar su libro, reconoció la superioridad del trabajo de Paulet.

Primero alabó la “asombrosa potencia” del motor diseñado por el peruano y después, comparándolo con cualquier intento previo por lograr el motor ideal para la aventura espacial, dijo: “El trabajo de Paulet es incluso más significativo para el proyecto de desarrollo de un avión cohete, pues ha probado por primera vez -comparado con los pocos segundos de combustión de los cohetes de pólvora- que, mediante el uso de combustibles líquidos, construir un motor cohete que logre una combustión de horas sería factible”.

Se sabe que los de la VfR le propusieron a Paulet integrarse a ellos para construir el Avión Torpedo. Cosa que él rechazó al conocer sus intenciones de hacer armas de guerra. Es probable que esto se relacione con que el siempre audaz Valier llegó a entrevistarse con Hitler -según testimonio del propio Führer- para pedirle financiar sus experimentos y construir motores de combustible líquido a cambio de emplearlos en misiles de guerra. Hitler diría que lo rechazó porque le pareció un soñador. La entrevista se habría producido en 1929.

Lo cierto es que en 1930, ya separado de Opel y a poco de actualizar su libro, Valier empezó a desarrollar un motor a reacción de combustible líquido para la fábrica de automóviles Heyland. ¿Tuvo acceso a los estudios de Paulet? ¿Cómo pudo desarrollar en tan corto tiempo un motor de esa clase? ¿Colaboró Paulet con los experimentos de Valier?

El primer motor de Valier funcionó pero el automóvil de prueba no alcanzó una gran velocidad. En una carta de 1938, Paulet afirmaba que conservaba todavía el secreto de la fórmula de su combustible. Como sea, Valier siguió probando. En medio de uno de sus experimentos, una explosión le quitó la vida.

En 1931, Johannes Winkler, Presidente de la Vfr y editor de Die Rakete fue el primero en lanzar un cohete de combustible líquido. Ese mismo año, un joven llamado Arthur Rudolph, asistente de Valier cuando sufrió el accidente, perfeccionó el motor de éste para la fábrica Heyland y, en pocos años, era de los científicos que secundaban a Von Braun en la construcción de los temidos misiles V-2 para el Ejército Alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Paulet siguió intentando que el Perú financiara el Avión Torpedo. No tuvo éxito. Murió en 1945, meses antes de que las fuerzas norteamericanas capturasen a Von Braun, Rudolph y otros, quienes después construirían para la NASA el Apolo XI, que pondría al hombre en la Luna.

Valier fue enterrado con honores por todo lo que aportó a la cohetería espacial. Un cráter en la Luna lleva su nombre. Pedro Paulet merece mucho más.

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Última actualización el Jueves, 24 de Septiembre de 2009 17:21